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Medicina Bluesera

Siempre se ha dicho que la música se mueve por ciclos y los gustos del público van pasando por diversas fases, según la época y el ambiente, lo que -lejos de ser un tópico- resulta ser una realidad más que evidente. Por eso hay ciertos estilos -centrados en las llamadas músicas de raíz- que siempre están ahí, aunque curiosamente en determinados momentos amplían de modo notorio su nivel de aceptación, viviendo cíclicamente sus épocas doradas para luego volver a su plano habitual.
Uno de esos estilos es el blues, que en los primeros 90 vivió uno de sus mejores momentos en Alicante por diversas razones, entre las que se encontraban las buenas actuaciones del género que habían traído salas como Desafinado, Jamboree e incluso Clan Cabaret en sus comienzos. En cierto modo, esto respondía al momento de esplendor que vivió el blues en el ámbito nacional, que sirvió para que algunas bandas del género -muy especialmente Vargas Blues Band- vendieran bastante bien sus discos, como no había pasado antes con este estilo, lo que incluso llegó a favorecer que nacieran dos pequeños sellos discográficos que se centraban preferentemente en el blues, como son Cambayá Records en Antequera (Málaga) y Gaztelupeko Hotsak en Soraluze (Gipuzkoa).

Uno de los grupos locales que se adelantó a esa especie de moda fue Blues Bunny Band, un excelente quinteto que tuvo una corta vida, aunque en cierto modo tuvo una continuación con Rudy Cat King. En cualquier caso, habría que precisar que la mayoría de los grupos que llegaron con el ‘boom’ que se produjo a principios de los años 90 duraron poco tiempo. No obstante, en la ‘terreta’ nunca habían faltado buenas bandas del género e incluso siempre hubo excelentes músicos de blues, aunque no se lograba estabilizar ningún grupo hasta que surgió Polen -que pronto se vería obligado a cambiar su nombre por Medicine Man- que tendría una vida bastante más larga de lo normal, pues nació en 1997 y todavía sigue vivo en la actualidad, aunque haya sufrido algunos cambios en su formación además de evolucionar notablemente en el aspecto musical. Este grupo logró abrirse muy pronto camino en nuestra escena musical por su excelente directo, que además se vería ratificado con la grabación de cuatro buenos discos, pero será mejor que vayamos por parte.

La formación original de Blues Bunny Band reunía a Tono Castelló a la voz, Rudy Guardiola y Ramón Carrión a las guitarras, el inolvidable Willy Rodríguez Soler al bajo y Kike Ródenas a la batería. Esta formación sería la que inaugurara la sala Clan Cabaret en 1991. Posteriormente, tras la marcha de los tres últimos, los otros dos componentes intentaron mantener la banda a flote con nuevos miembros, que fueron el bajista Micky de Juan y el batería Paul McKie. B.B.B. ya se había granjeado un prestigio por la zona, actuando muy a menudo por la provincia y Murcia.
Lo cierto es que Rudy admiraba a Willy y se sentía orgulloso de trabajar con él. Así me lo comentó en más de una ocasión, a lo que el bajista correspondía afirmando que Rudy era “un gran guitarrista de blues con suficientes cualidades para moverse con soltura por otros estilos, aunque él prefiera centrarse en el blues”. Durante una época acompañé al grupo muy a menudo a sus conciertos e incluso ambos me pidieron que trabajara como manager de ellos, pero yo había decidido abandonar esa tarea, que -dicho sea de paso- jamás me gustó y solo la ejercía por amistad con los músicos. En principio, mi idea era no volver jamás a desenvolverme por ese farragoso terreno, aunque algún tiempo después los componentes de Buen Bajío me convencieron de lo contrario y volví a desarrollar esa labor con otros grupos. Pese a todo, solía colaborar con Blues Bunny Band e incluso le organicé algún que otro bolo, además de viajar muy a menudo con ellos.

La actividad del grupo desde el principio fue notable y protagonizó algunas actuaciones más que notables, como la que tuvo lugar en Elda con ocasión de la clausura del interesante ciclo ‘Conciertos 91’, que durante cuatro meses estuvo presentando más de una docena de grupos de todos los estilos. La última velada se movió por los sonidos negros con la presencia del blues de Blues Bunny Band y el soul de Cool Jerks, una buena banda madrileña que capitaneaba el cantante Miguel Ángel Julián, uno de los personajes que más y mejor se ha identificado con esta música en el ámbito nacional. Otro concierto inolvidable de Blues Bunny Band tuvo lugar en el Castillo de Santa Bárbara, donde llegaron a telonear a ese magistral armonicista de blues que es Billy Branch, que ofreció un concierto de esos que marcan época acompañado por el grupo The Sons of Blues dentro de un ‘Festival Internacional de Jazz y Blues’ que creó el inolvidable concejal de cultura José Antonio Martínez Bernicola con la complicidad del perseverante promotor J. Testi Tajada. Desgraciadamente esta interesante iniciativa no tendría continuidad y solo se celebraría un año. En estas dos actuaciones todavía estaban Willy R. Soler, Ramón Carrión y Kike Ródenas, aunque no tardarían en dejar la banda, que iniciaría una nueva etapa en la que permanecerían Tono y Rudy -pese a sus obvias diferencias-, además de incorporar al experimentado Micky de Juan (Acero, Alarma Rosa, Cañones y Mantequilla…) al bajo y el showman Paul McKie (futuro cantante de After Midnight) a la batería. Este cuarteto estuvo un año trabajando por locales de nuestra provincia y Murcia con muy buena acogida, aunque las relaciones internas se fueron deteriorando de tal manera que se llegó a un punto en el que su final parecía irreversible, pese a que el grupo era muy requerido para participar en los festivales. Tras la definitiva separación de esta banda, Rudy se embarcó en una nueva aventura que pudo dar mucho de sí, de no haberse torcido por razones totalmente ajenas a él, que puso toda su ilusión y confianza en ese proyecto.

José Guardiola, tal es el auténtico nombre de Rudy, es un enamorado del blues urbano y un buen guitarrista que sabía utilizar apropiadamente la voz, aunque al principio no se decidiera a cantar y buscara otra persona para ese puesto. Cabe destacar que no solo era un buen músico, sino también una excelente persona que confiaba plenamente en sus amigos. Su lealtad era absoluta y se fiaba de todo el mundo, por lo que a veces pecaba de ingenuo, dicho esto sin ánimo ofensivo, sino con todo el cariño del mundo. Él amaba la música por si misma y no se percataba de todos los intereses que rodean a este mundillo. En el fondo, Rudy aún creía en las utopías y se negaba a creer que un ambiente tan aparentemente maravilloso como el de la música pudiera estar contaminado por los chanchullos de algunos arribistas sin escrúpulos. El caso es que un buen día decidió crear su proyecto personal que se llamaba Rudy Cat King y funcionó bien mientras él llevó las riendas.
La primera formación tuvo como cantante al ilicitano Dani Pereda, además de otros músicos, como el batería Arturo Santos y el bajista Javier García, que duraron muy poco tiempo, pues tan solo estuvieron en la banda de forma provisional para cubrir un par de actuaciones. Tras esta experiencia, el propio Rudy decidió -con toda la razón del mundo- llevar la voz cantante y se rodeó de músicos implicados en el proyecto, que además eran buenos amigos suyos, como el armonicista Carlos Jover, el guitarrista Carlos Sobrino ‘Carlikis’ (Iguana Express) y el batería Fernando Fluxiá (Cuatro Tiempos). El puesto de bajista fue el que dio más quebraderos de cabeza a nuestro protagonista, que no acababa de encontrar el adecuado y fue prácticamente rotatorio con aportaciones de Javier García, Héctor Volpe, Luis García ‘El Francés’, Pere Pastor y Valentín García. Desde el primer momento se planteó tocar el blues urbano en su vertiente más pura, que siempre fue su terreno natural dentro de la música.

Con Rudy y su mujer Elisa Garijo entablé una excelente amistad y solía hablar muy a menudo con ellos compartiendo encuentros muy agradables, incluyendo bastantes conciertos que vimos juntos y, por supuesto, alguna que otra fiesta. Incluso en varias ocasiones, nuestras amenas charlas tuvieron lugar en su casa ante un exquisito cocido que él mismo cocinaba con sus evidentes conocimientos gastronómicos.
Alguna vez volvía a pedirme que llevara a su nuevo grupo como manager, pero yo no estaba por la labor, por lo que le planteé que volver a producir discos era algo que entraba dentro de mis planes, no así lo de trabajar otra vez como manager. Muchas veces he pensado que me equivoqué al tomar aquella decisión, porque -aparte de que volví a realizar la labor de manager algún tiempo después con el grupo Buen Bajío- estoy convencido de que podíamos haber formado un buen equipo, por sus grandes valores humanos y musicales. Él era consciente de que haciendo blues nunca iba a gozar de un status de privilegio dentro de este mundillo y se conformaba con vivir de la música y actuar lo más posible, que es la auténtica realidad del músico profesional.

Rudy, al principio, decidió controlar todo lo concerniente al grupo, no solo en lo relativo a la música, sino también en su funcionamiento, ideando formas de lanzamiento y promoción que no derivaran en concesiones gratuitas. Para ello se pateó todo Alicante tratando de descubrir todas las salas y garitos en los que se pudiera tocar, convenciendo a algunos propietarios de locales que normalmente no ofrecían música en directo de que lo hicieran. Organizó su gran gira por la ciudad, acompañada de varios métodos de promoción, entre los que se incluían las camisetas que llevaban impresas las fechas y locales. Cuando me enseñó todo el recorrido de su peculiar ‘tour’ me mostré un tanto escéptico y le dije que podría volverse contra él, porque en Alicante no había tanto aficionado al blues y podía quemarse.
Ante mi sorpresa, la gira fue todo un éxito y prácticamente llenó todos los lugares en los que actuó, repitiendo además una parte del público que lo seguía con auténtica devoción. La cosa no se quedó ahí, sino que combinó esas actuaciones con sus participaciones en diversos festivales provinciales y algunos bolos en Murcia, ya que su amistad con Manolo Gómez de Los Bluesfalos -de hecho ambos grupos llegaron incluso a compartir al bajista Pere Pastor- propiciaba algunos intercambios de conciertos que les iban muy bien a los dos. Por aquella época, el grupo llegó incluso a telonear la actuación del legendario guitarrista británico Mick Taylor (John Mayall’s Bluesbreakers, The Rolling Stone…) en el Paseo del Puerto. Rudy Cat King se encontraba en un momento clave y pudo entrar en el circuito nacional de blues, pero desgraciadamente no todo el monte es orégano y el quinteto entró en un callejón sin salida, por lo que su líder Rudy -decepcionado y desencantado del mundo de la música- decidió arrojar la toalla y se olvidó por completo de su guitarra, despidiéndose a la francesa, sin querer saber nada de este mundillo que tantas ilusiones le había despertado en otra época. Su fue a la chita callando, sin querer levantar ampollas, demostrando esa calidad humana que siempre le ha caracterizado.

Muchas anécdotas relacionadas con Rudy afloran ahora en mi mente, aunque me limitaré a contar tan solo dos. Durante un festival celebrado en la Plaza de Ayuntamiento en el que actuaban varios grupos conocí a su padre, con el que mantuve una interesante conversación de flamenco, arte al que era muy aficionado y entendido. Curiosamente ese mismo día actuaba el cantaor José Campaña que ‘dijo’ un martinete acompañado tan solo por el batería Juan Carlos García (de El Último de la Fila) manteniendo el ritmo golpeando el ‘goliat’. A mi interlocutor no le gustó nada la experiencia asegurando -como buen conocedor de este arte- que el martinete tan solo se acompaña de yunque o se canta ‘a palo seco’. Evidentemente, se trata de un enamorado del cante puro sin aditivos ni fusiones.
En otra ocasión, cuando el cantante y guitarrista americano Chris Wilson vino a tocar a Alicante, se encontró con un problema de cuerdas difícil de solucionar, ya que le faltaba un juego de ellas y era un día de fiesta, por lo que las tiendas estaban cerradas. Rudy se prestó enseguida a ayudarlo y fue a su casa a por un juego de cuerdas que le regaló. Varios años después el músico bostoniano volvió por estas tierras para actuar en Villena con sus legendarios Flamin’ Groovies, que se habían regrupado. Curiosamente, Chris se acordaba de aquel favor que le había hecho el guitarrista alicantino y le devolvió su juego de cuerdas.

Rudy amaba el blues con auténtica pasión y se entregó a él en cuerpo y alma durante una época de su vida, pero sus ilusiones quedaron truncadas de repente y prefirió dejarlo todo de la noche a la mañana. La leyenda dice que hasta quemó su guitarra, aunque yo nunca he llegado a creerlo. El caso es que un día abandonó la escena musical para adentrarse en el mundo de la publicidad. Si bien no le acompañó la suerte en la medida que merecía, lo cierto es que siempre he creído que podía haber llegado lejos en el mundo de la música, pues tenía condiciones para ello (técnica, imagen, conocimientos y pasión) y, muy probablemente, si las circunstancias hubieran seguido su rumbo más lógico, a estas alturas estaría ocupando el lugar que realmente merecía dentro del blues nacional.

José María Esteban...

José María Esteban

José María Esteban Pérez (Melilla, 1952) estudió en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Autónoma de Barcelona y en el Conservatorio Municipal de Música de Barcelona. Dio sus primeros pasos profesionales como periodista en Diario de Lérida y Radio Popular de Lérida. En 1975 inició su periplo en la revista musical Popular 1. También ha pasado por otras publicaciones como Disco 1, Disco Exprés, Guitar Player, Heavy Rock, Majoli, Ozono, Rambla, Rambla Rock, Reseña, Rock Especial, Rolling Stone, Sal Común, Sonido 1 Profesional, Vibraciones, Word 1 Music… Ha colaborado con ABC, Diario de Barcelona, El Mundo, Ideal, Información, La Mañana, La Prensa, Las Provincias… En su lista de colaboraciones y trabajos también figuran diversas emisoras de radio, incluyendo las cadenas COPE y SER. En el terreno de la música ha trabajado con artistas de tendencias muy diferentes, desde Manzanita a Evo, pasando por Carlos Cano o Los Rápidos. Es autor de ‘Miguel Ríos, los viejos rockeros nunca mueren’, ‘Andalucía: flamenco, rock y algo de blues’, ‘El disco, ¿una frustración comunicativa?’, ‘Memorias del subsuelo (Músicos del siglo XX)’ o ‘Marruecos, una incógnita en su futuro’, además de escribir el capítulo dedicado a la música del libro colectivo ‘La cultura española durante el franquismo’ o el capítulo sobre la prensa escrita en ‘Rock Around Spain (Historia, industria, escenas y medios de comunicación)’.